CAMINANDO A BUENOS AIRES
Cuando camino por Buenos Aires suceden varias cosas, la primera una
sensación de que alguien caerá de un edificio, la segunda un interrogante sobre
cómo viven las personas en las azoteas de las enormes torres glamurosas de
corrientes y el obelisco. La primera sensación me llega como una revelación
después de pensar lo triste y melancólica que es la ciudad en invierno, o a lo
mejor solo son las impresiones de un inmigrante que se da a las piñas con el
frio del sur. En todo caso, no dejo de pensar si alguien de pronto, ¡cataplum!,
cayera como un pedazo de carne tirado de los cielos. Por suerte nada de esto
pasa, y por más sicoanalistas que haya en la ciudad, y por más alto que viva la
gente, nadie decide lanzarse de un edificio así porque si, la gente resiste en
sus soledades y angustias la visita de los gélidos vientos del polo, los
recortes, tarifasos, las ignominias del nuevo gobierno y las soledades de una
existencia anárquica y bohemia como suelen ser las noches en el Buenos Aires de
grandes avenidas y confiterías, de teatros, fiambrerías, museos, centros comerciales
y árboles desnudos. Yo creo que las personas se comen sus dolores
silenciosamente como este exilio voluntario que delata mi sombra al caminar por
las veredas heladas de lo impersonal. Algo me dice que allá en las azoteas
glamurosas de cualquier parte de la ciudad alguien planea su suicidio pero
cuando despierta en las mañanas y el sol le saluda un poco se arrepiente, cuando
se asoma al balcón o a la ventana y ve pasar en miniatura al mundo que corre
loco y despavorido bajo sus pies, como lo es un día en la capital del país de
la plata, decide no hacerlo. Algo me dice mientras ando solo con mi soledad,
que si los cuerpos llegasen a caer desde los últimos pisos de los enormes
edificios, no se arrojarían como en una película surrealista de mediados de
siglo XX, algo me confiesa mi sombra cuando taciturna habla que allá arriba, en
esos cuartos elegantes de lucecitas encendidas viven historias, dolores,
angustias, tristezas y pérdidas como la mía, y entonces otra voz me grita al
oído que no estoy tan solo aunque lo sienta estar, y que más bien cabe amar la
soledad. Porque eso es Buenos Aires, una ciudad enorme donde todo el mundo se
come su soledad. Cada quien es su soledad gris, porque eso también es Buenos
Aires, ¡una enorme soledad gris!, una enorme noche con un sol que pide permiso
para asomarse, para estar de nuevo en la bandera. Y cuando sigo pensando comienzo
a acelerar mis pasos por la avenida, a volver mi mirada sobre el asfalto plano
y ancho de las inmensas carreteras por donde pasa el mundo, por donde pasa
nadie, y comprendo definitivamente que nadie caerá, que todo el mundo seguirá
en su azotea, aferrado a su vida, a sus dolores, a sus medicamentos, a su
propia tragedia de todos los días, y que entonces también yo tengo que seguir
viviendo. Comprendo que allá arriba se vive como acá abajo, que entre lo alto y
lo bajo no hay diferencia, que somos una misma cosa aunque diferentes y que así
como esta contradicción existimos. Porque eso también es Buenos Aires, una
contradicción necesaria que habla, dice y corrige, que propone, que angustia,
que saca y devuelve, y sobre todo que asesina y resucita. Esa gente,
¡chaboncito!, siente lo mismo que vos, no estás solo, no sos el único que sufre
este arrojamiento abrupto que a veces es la vida. Bienvenido a Buenos Aires, dice
el invierno.
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