CAMINANDO A BUENOS AIRES
Cuando camino por Buenos Aires suceden varias cosas, la primera una sensación de que alguien caerá de un edificio, la segunda un interrogante sobre cómo viven las personas en las azoteas de las enormes torres glamurosas de corrientes y el obelisco. La primera sensación me llega como una revelación después de pensar lo triste y melancólica que es la ciudad en invierno, o a lo mejor solo son las impresiones de un inmigrante que se da a las piñas con el frio del sur. En todo caso, no dejo de pensar si alguien de pronto, ¡cataplum!, cayera como un pedazo de carne tirado de los cielos. Por suerte nada de esto pasa, y por más sicoanalistas que haya en la ciudad, y por más alto que viva la gente, nadie decide lanzarse de un edificio así porque si, la gente resiste en sus soledades y angustias la visita de los gélidos vientos del polo, los recortes, tarifasos, las ignominias del nuevo gobierno y las soledades de una existencia anárquica y bohemia como suelen ser las noches en el Buenos Aires d...